
¡Calla y escucha!
Es probable que al orar en voz alta, nos hayamos dado cuenta de lo parcos
que somos cuando estamos ante Dios y de lo difícil que nos resulta
encontrar palabras para expresarnos ante Él. Aunque es cierto que podemos
decir, muchas cosas, sin embargo nos resulta muy dificultoso decir lo esencial.
Con frecuencia sentimos que tenemos que expresar lo que está en lo
profundo de nuestros corazones: presentimientos, dolores, heridas, decepciones,
amarguras….,pero somos incapaces de pronunciar palabra.
Empezamos como siempre a hablar de lo que permanece escondido en nuestro corazón, pero tan pronto como tocamos el tema, volvemos a enmudecer porque no nos atrevemos a manifestar nuestra verdad más profunda.
Por eso, vamos a meditar a manera de texto de trabajo, el pasaje de Marcos 7, 32-33 que trata de la curación del sordomudo:
“Le presentan un sordo que además hablaba con dificultad, y le ruegan que imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y levantando los ojos al cielo, dio un gemido y le dijo: “Effatá, que quiere decir: ¡Ábrete!
En los momentos específicos de oración, en los tiempos fuertes, Dios nos aparta del tumulto, a un lado de la gente, del ruido de nuestra vida diaria, de las personas que continuamente nos rodean y nos ocupan. Jesús nos invita a que permitamos que nos acoja en su casa. Nos invita, me invita, te invita a ser conscientes de su inmenso amor que derrama a cada instante del día en nuestro interior.
Nosotros llamamos tiempos fuertes a los tiempos específicos que dedicamos para ‘perder el tiempo con Dios’. Con Dios por supuesto que no se pierde el tiempo, aunque aparentemente no hagamos nada productivo según la mentalidad vacía y superficial. Sabemos en la fe adulta, que el estarse a solas en silencio y soledad con Dios ante todo, es la más grande gracia que pudiéramos desear. Dios nos llama, te llama a ti ahora mismo, a estar a solas con Él, sencillamente porque Él quiere dedicarte su tiempo a ti, para acogerte en su escuela de amor porque quiere curar tus enfermedades. Concretamente hablando, quiere curar tu sordera y mudez.
Muy a menudo soy, somos, eres sordo, sorda para lo que Dios quiere decir. Nos tapamos los oídos de tal manera que no puede penetrar la voz de Dios. ¡Cuántas veces nos ocurre que alguien nos habla y nosotros estamos ausentes interiormente y no escuchamos! En nuestra relación con Dios ocurre lo mismo cuando Él nos llama. Tampoco queremos escucharle lo que quiere decirnos a través de nuestros prójimos.
Y cuando oímos, seleccionamos lo que nos da seguridad y descartamos lo que nos cuestiona, por eso, ni tú ni yo, percibimos los sutiles sonidos del otro, cuando nos dice que su situación es difícil. Oímos palabras, pero no escuchamos a la persona ni al corazón que está pidiendo ayuda a gritos, y entonces, nos quedamos mudos.
Puede suceder que hayamos enmudecido porque los otros no nos entiendan, porque no nos dejen decir lo que necesitemos decir, o también podemos llevar una mordaza porque han abusado de nuestra confianza o puede que estemos mudos ante Dios porque creemos que nuestras palabras no fueron escuchadas y finalmente, puede que prefiera, que prefieras cerrar la boca porque tienes miedo a manifestarte ante los seres humanos o ante Dios.
Preferimos escondernos detrás de una gran cantidad de palabras, incluso piadosas, para que nadie note cómo nos va ni cómo están nuestros asuntos.
Volviendo al Evangelio, vemos que Jesús el Señor, cura al sordomudo en cinco pasos, en los que nos muestra en qué consiste realmente escuchar y hablar, tanto a Dios como a los hombres, porque las dos cosas se deben practicar en esos tiempos preciosos de intimidad con Dios.
Fíjate bien cómo Jesús mete sus dedos en los oídos del sordomudo; los pone sobre la parte herida. Nos muestra dónde estamos enfermos. La traducción griega dice: “Metió los dedos en los oídos”. Mantiene cerrados con sus dedos los oídos del sordo. Nos tapa los oídos para que dejemos de oír el ruido que nos invade y nos impide oír. Así que en la oración, en ese estarse a solas con quien sabemos nos ama, deberás comenzar a cerrar los oídos para poder oír lo que Dios quiere decirte.
En lugar de oír lo de afuera, comienza por aprender a oír primero lo de dentro, a escuchar la tenue voz de Dios en nuestro corazón. Si logras percibir la voz de Dios en tu corazón, también podrás escuchar lo que Dios te quiere decir a través de las palabras de los que te rodean.
Tal vez has cerrado tus oídos porque tienes miedo a las agresiones o al rechazo de los demás, pero cuando Jesús te pone amorosamente los dedos en los oídos interiores, los oídos de la fe, te quiere decir incluso en las palabras agresivas, su deseo de entrar profundamente en contacto contigo para decirte: ¡No estás sólo, sola! ¡Yo estoy contigo!
En el segundo paso de la curación, Jesús toca la lengua del sordomudo con saliva. Esto en realidad es un gesto muy tierno, es como un beso. Jesús se acerca amorosamente como una madre que frota con su saliva la herida de su hijo. A nadie se le puede ordenar que hable porque para que la lengua se suelte, primero tiene qué haber una atmósfera llena de calor y aceptación.
Primero tiene que surgir la confianza, entonces, será cuando la verdad tomará la palabra. Podemos decir que Jesús escupió y sostuvo firmemente la lengua. Esto significa que lo que tiene qué hacer en primer lugar es frenar el fluir de nuestro hablar para que podamos aprender a hacerlo con corrección.
Frecuentemente nos escondemos tras las palabras. Algunas personas tienen la costumbre de hablar constantemente cuando están con otras. Pronuncian tantas palabras para que a nadie se le ocurra preguntarles por su verdad.
Necesitarás de silencio tanto exterior pero sobre todo de silencio interior, aquél que ama, que acoge, que espera, que se da, para percibir la voz de Dios. Entonces el silencio te pondrá a ti mismo, a ti misma ante ti mismo, ante ti misma y ante Dios. No sólo deberás impedir a tu lengua que hable sino también a tu entendimiento, pues cuando haces silencio, es casi seguro que tu mente empezará a hablar ininterrumpidamente.
Comienzas a pensar si debes hacer esto o aquello, a reflexionar sobre qué decisión tomar y muy a menudo, estas reflexiones son una distracción para no tener que ponerte cara a cara con tu realidad. Prefieres quedarte en el pensamiento para que Dios no te encuentre en el corazón.
Probablemente tus pensamientos serán muy piadosos pero te mantienen alejado, alejada de la posibilidad de dejarte tocar por Dios. En esos tiempo preciosos de oración, en esos tiempos fuertes con Dios, se trata de permitir que Él te conduzca a tu propio corazón y te diga allí palabras que te conmuevan, que te revelen tu propia verdad y que te curen; palabras que aplaquen la tormenta de pensamientos que hay dentro de ti, palabras de amor que susciten una profunda paz en tu interior.
Si te fijas en Jesús, Él eleva la mirada al cielo. En los tiempos fuertes con Él en intimidad, quiere conducir tu mirada al cielo, a ese Padre Celestial que no es castigo sino infinito, incondicional y gratuito amor. Y Jesús, a través de su oración dirigida al Padre Celestial, abre el cielo ante ti, y así de pronto, todo te parecerá claro. Entonces, podrás decir ‘Si’ a tu vida; se te ensanchará el corazón y sabrás que todo es bueno. Pero con esa mirada al cielo, Jesús también nos puede indicar que cada palabra que decimos y oímos se refiere en última instancia a Dios.
El verdadero secreto del diálogo y la escucha está en saber que es Dios quien nos habla y necesitarás querer escucharlo de tal manera, que con cada palabra de la Biblia, veas el cielo abierto ante ti y que en cada palabra, reconozcas a Dios que te habla en lo profundo del corazón, abrazándote como al más amado de los hijos, llenándote de ternura, de gracia, de alegría verdadera, de luz, de paz, de infinito amor.
Y luego, en la vida cotidiana, sin salir de la oración sino continuando de manera práctica en ella, necesitarás reconocer en las palabras de la gente, a añorar, a necesitar entrañablemente de Dios. En eso consistirá oír correctamente.
En cada palabra que pronuncies, trata de hacer perceptible a Dios en este mundo expresando palabras que hagan sensible el amor de Dios, pues el objetivo de todo diálogo auténtico es abrir el cielo ante los demás y ante uno mismo.
En el curso de una conversación seria y profunda, todos hemos podido experimentar alguna vez como si se detuviese el tiempo y fuese posible sentir a Dios como si el cielo se inclinara sobre nosotros y se ensanchara nuestro corazón. Y lo que harán los momentos fuertes de soledad poblados de fe adulta y amor maduro, es que te conducirán al silencio verdadero cerrándonos la boca y los oídos, haciéndonos recapacitar sobre lo que te puede suceder cuando hables y escuches dispuesto, dispuesta a entregarte sin reservas.
Y Jesús gimió; también se puede traducir por ‘suspiró’ expresando el esfuerzo de Jesús. Jesús lucha para que te decidas por Dios y te liberes de todas las cosas de las que dependes, salgas de tu cautiverio interior y dejes entrar verdaderamente a Dios en tu vida.
Jesús lucha contra tu enfermedad de egoísmo, de soberbia, de orgullo, de mentira; Jesús lucha contra tu mutismo y sordera para que tú te abras a ese Padre amorosísimo con todo lo que tú eres, con todos tus sentido, con toda tu fe adulta –aunque no sientas nada en especial-.
En su suspiro, se hace evidente que Jesús sufre contigo, que no se ocupa de ti desde afuera sino que te deja entrar a su casa. Te abre su corazón para que tú encuentres paz dentro de Él, para que en su corazón te cures y seas salvo y desde allí te abras completamente a Dios.
Por último, y sólo después de todo esto, viene la palabra redentora y liberadora: Jesús dice al sordomudo:¡Effatá!, que quiere decir: ¡Ábrete! El encuentro con Jesucristo vivo, tiene la finalidad de abrir a Dios todos tus sentidos: tus oídos para que puedas percibir de una nueva manera la voz de Dios, los ojos para que puedas reconocer a Dios en todo. Necesitas mirar tu vida con ojos nuevos para poder descubrir en ella la huella de Dios; necesitas renovar tu sentido del tacto para poder percibir el tierno amor de Dios en el sol, en la lluvia y en el viento. Hay que encontrar a Dios en todas las cosas.
Y estarás abierto, abierta, cuando percibas con atención, cuando estés consciente y despierto, despierta, andando, estando sentado, sentada o parado, parada, respirando y oyendo.
En el sordomudo, la apertura se muestra en que sus oídos se abren y las ataduras de su lengua se sueltan. La imagen de las ataduras hace referencia a que el enfermo estaba en poder del demonio, del egoísmo, del que Jesús lo lobera. En nuestra vida, el poder del egoísmo se puede manifestar en el miedo, en todo aquellos que nos ata y no nos permite disfrutar la gloriosa libertad interior de los hijos de Dios.
Tal vez tengas miedo a decir lo que hay dentro de ti, porque podrías salir herido, herida. Te encuentras bajo la presión de tener que hablar siempre sobre los demás para distraer la atención sobre ti mismo, sobre ti misma. Pero hoy, aquí y ahora, Jesús quiere liberarte de todas las ataduras del egoísmo de los miedos que viene de la no fe para que aprendas a hablar de verdad, a hablar de la forma como se le debe hablar a Dios.
Entonces, habrás aprendido a establecer una relación profunda a través de tus palabras, a expresar palabras de amor que toquen al otro, a la otra, que les despierten a la vida; palabras de ánimo que levanten, que den vida, que bendiga, que brinden consuelo, palabras que les conduzcan a la libertad verdadera.
De ahora en adelante, necesitas querer llevar más bien esta historia del evangelio, a la vida diaria, al trabajo, a lo que escuches o hables durante todo el día. Presta atención a lo que escuches de corazón y hables desde el corazón. Practica la escucha para percibir la voz de Dios entre las muchas palabras que oigas. Entonces aprenderás a hablar de tal manera que tus palabras salgan de un corazón sano, limpio y amoroso.
Experimentarás cómo tus palabras tocan a la gente que te rodea y la despiertan a la vida; verás como surgen relaciones y el cielo se abrirá ante ti. Si escuchas atentamente y hablas conscientemente, experimentarás que se trata de escuchar la voz de Dios en todo y de hacer sentir la voz de Dios con cada palabra. La Palabra de Dios siempre es de amor y creadora de vida.
Por medio de la meditación de este relato Marcos 7, 32-33 te ejercitarás en la oración incesante, tus oídos siempre estarán abiertos al diálogo que Dios mantiene permanentemente contigo y tu boca nunca dejará de alabar a Dios por todo lo que hace en todo momento por ti y por todo lo que te regala, entonces habrás entrado en el coro de la gente que le alaba: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.
“Oh Padre bondadoso, abre mis oídos para
que perciban tu voz en todo momento de mi vida pero también es tiempos
diarios para estar contigo a solas, para que pueda oír tu Palabra con
el corazón y me deje transformar por medio de ella.
Hazme sensible a los delicados impulsos de tu Espíritu a través
de los cuales me hablas. Abre mi boca para que te alabe y te agradezca todo
lo bueno que me has hecho. A través de tu Espíritu Santo, hazme
capaz de levantar y animar a los demás con mis palabras; que sean palabras
de amor que curen y consuelen, que creen relaciones, que reconcilien y liberen,
que abran un nuevo horizonte, que hagan que el cielo se abra sobre la indiferencia
de los hombres, palabras que les hagan saber que sus vidas son valiosas y
únicas, Amén”.
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