De la angustia a la paz introducción
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TERAPIA DEL ABANDONO
La mayor terapia que puedas encontrar par que vuelva la paz a tu ser, será la intimidad con Dios que habita en tu corazón. Así que en unos momentos de interiorización con el Señor, toma una actitud orante, bien sentado, sentada. Respira suave y lento y al ir leyendo LENTAMENTE, escucha con los oídos de fe adulta, lo que hoy te dice el Señor a ti especialmente:
¿Quién eres tú para dudar de mi providencia y mostrar
con tus palabras tu no fe?. Yo le puse límites al mar y le dije: Hasta
aquí llegarás y de aquí no pasarás; aquí
se romperán tus olas arrogantes, creídas. ¿Alguna vez
en tu vida, has dado órdenes para que salga la aurora y amanezca el
día?. (Y tú, en la sencillez del amor, dile en tu corazón
al Señor, en silencio)
“Yo se que tú lo puedes todo y que no hay nada que no puedas
realizar. ¿Quién soy yo para dudar de tu providencia mostrando
así mi no fe?. Hasta ahora sólo de oídas te conocía,
pero ahora te veo con mis propios ojos, ojos de fe, por eso, en este momento
Señor, te entrego todo, todo mi ser. Acepto y reconozco que yo no soy
un imposible para ti. Tú me conoces, tú sabes por todo lo que
he pasado, Tú sí sabes lo que me ha herido en lo más
hondo. Tú me amas mi Dios.
Tómame mi Señor. Tómame así, como espinado, espinada
y transfórmame en una nueva criatura, libre en ti y para ti mi Señor.
Mi alma está pegada al polvo, reanímame con tu palabra. Tú
mi Señor, sabes el origen, la causa de mi depresión. ¡Ayúdame!,
muéstrame Señor tu amor y salvación. Confío, creo
en tu Palabra. Sálvame pues soy tuyo, tuya. Tú Señor
eres todo lo que tengo. Señor, es muy grande tu ternura, dame vida
por tu amor. Amén”.
CONSEJOS PARA SUPERAR LA DEPRESIÓN
El Señor Dios, en toda la Sagrada Escritura, nos enseña y nos invita a no tener miedo a nada ni a nadie. Así que en el nombre de Jesucristo te decimos: No le tengas miedo a la depresión, no le tengas miedo a nada. No tengas miedo a lo que sientas, porque tu no eres lo que sientes. Tu no eres la depresión.
Tú eres un ser humano en el que Dios nuestro Señor ha derramado
todo su Espíritu y al que ha regalado el don de la fe. Sólo
necesitas querer creer en El; sólo necesitas querer dejarte salvar
por El; sólo necesitas querer dejarte amar por El.
Es verdad que cuando uno está en lo más hondo de la depresión
sentimos que no se puede hacer nada, o viene el pensamiento que “Dios
no existe”, pero a pesar de sentir lo peor, a pesar de haber llegado
hasta el fondo de las aguas, a pesar de sentirte en el polvo de la muerte,
fíate de Dios y desde ahí dile una y otra vez:
“Misericordia Jesús misericordia, que mi alma se refugia en ti.
Me refugio a la sombra de tu amor, mientras pasa la calamidad”.
En la fortaleza de Cristo, comienza a levantarte. Pon un asete de pláticas
llenas de fe y positividad (Al final del libro mencionamos los títulos
que hemos grabado de casetes y CD para que si quieres, puedas pedirlos al
correo electrónico que aparece), y escucha alabanzas que aumenten tu
fe para que tu mente se salga de sí misma y comience la fe a iluminar
tu ser. No te pongas metas a largo plazo es decir, que sólo haz lo
que tienes qué hacer en el instante. Si en ese momento, lo que tienes
qué hacer es bañarte, báñate ocupando tu mente
en decirle al Señor: “Misericordia Jesús misericordia,
que mi alma se refugia en ti. Me refugio a la sombra de tu amor, mientras
pasa la calamidad”.
Has lo mismo si tienes qué hacer tu trabajo: comienza por una cosa
a la vez y no pienses en todo lo que tienes qué hacer en todo el día
o en la semana o en el mes o en el año o en toda tu vida, pues ¿Quién
está seguro de llegar a la noche?
Ocúpate por vivir el instante que tienes y reflexiona en lo siguiente:
La depresión, además de otras causas, viene por las heridas
de la vida. Todos, unos de una manera otros de otra, hemos recibido heridas
y a veces terribles. Nuestro interior sangra y sangra porque resistimos a
todo lo que nos ha pasado. No aceptamos ni el pasado ni el presente y le tenemos
miedo al futuro, pero hoy, aquí y ahora, te recordamos que Dios, el
Padre que es perdón, ternura, cariño, delicadeza, bondad, misericordia,
amor, pureza, ha respetado la libertad de quienes te hirieron y ha respetado
tu libertad también.
El nos ama a cada uno de sus hijos así como somos y da el sol y la
lluvia a buenos y malos. Nos ama porque El es el amor perfecto y verdadero
y nunca ha querido el mal para nadie, el mal para ti. Por eso nos ha enviado
un Salvador: Jesús, su Hijo Amado quien sufrió por ti y murió
por ti y por amor al Padre quien lo resucitó y está vivo en
tu corazón. Sólo necesita que tú quieras abrirte a su
amor. ¡Ábrele tu ser entero, no lo pienses más!. No pienses
en lo que sientes sea cual sea la causa de tu dolor.
En el nombre de Jesucristo, levántate y con su poder sanador, deja
que El, que sí puede, haga de ti, una criatura nueva y libre. Entrégale
tu pasado, deja que El sea tu futuro y vive cada instante del presente en
El. Deja que El haga de ti, un instrumento de su paz. Amén.
DE LA ANGUSTIA A LA PAZ
Este capítulo tiene la finalidad de que aprendas con la gracia de Dios,
a abandonarte en sus manos, haciendo lo que está de tu parte para solucionar
por lo que estás pasando. Aprenderás a vivir en su voluntad,
sabiendo en la fe, que lo que Dios ha permitido en tu vida, es lo mejor si
te abres a su amor incondicional. Aprenderás a aceptar las leyes de
la naturaleza e irás superando la depresión, el sin sentido
de vivir, las frustraciones, los miedos, y en general todo lo negativo que
has dejado anidar en tu mente y corazón a la luz de la fe, siempre
con el objetivo de ir más adentro del corazón de Cristo, y que
desde El, tu puedas –con su gracia- amar a Dios con todo el corazón,
con toda el alma, con toda la mente, con todo el ser y a cada ser humano,
amarlo como Dios te ama a ti.
Pues bien, el ser humano, desde que es concebido en el vientre de su madre,
la mayoría de las veces, recibe heridas, como el no ser deseado por
haber sido fruto de un enamoramiento que no es amor, por haber sido fruto
de una pasión, por haber sido fruto de unos padres alcohólicos
o tal vez el padre estaba drogado o empastillado o la madre fue abusada o
maltratada o simplemente estaban pasando por algún problema económico
o moral que al feto le tocó recibir bilis, corajes, angustia, miedo,
cigarro, vino, droga, pastillas, insatisfacción de vivir.
Pero a pesar de todo, durante el tiempo en el que el feto, el bebé
vive en el vientre materno, se experimenta “protegido”, hasta
que llega el momento de nacer; sale al mundo, experimentándose arrancado
de su única “seguridad”; tal vez ese niño será
dado en adopción porque la madre no lo quiere o permanecerá
alejado de ella porque tuvieron que introducirlo en una incubadora por tres
meses, y así, ese bebé se sabe indefenso, frágil, sólo
y....llora.
“Oh misterio del hombre, envuelto siempre en los pañales del
sufrimiento, ¿Quién podrá liberarte?.”
Comienza a crecer este pequeño y se encuentra con un mundo bello, pero
herido también. Mundo lleno de temor, de rencor, de resentimiento,
de odio, de angustia, de prisa, de egoísmo, de injusticia, de superficialidad,
de ruido. Un mundo sin Dios. Desgraciadamente el niño que es como una
esponja, todo lo va absorbiendo: los malos tratos, la impaciencia, la mentira
y lo que ve hacer y decir de los adultos y algo más y muy duro e impresionante,
es que en ocasiones, ese niño ha sido ya víctima sexual de alguien
desconocido o incluso de sus propios padres o familiares, maestros o “amigos”.
Pues bien, este niño, (tú, nosotras y muchos de los seres humanos),
llega a la adolescencia, el niño ya no es niño; ha vivido ya
el rechazo de su manera de ser, de su físico, de su inteligencia poca
o mucha pero ¿Acaso ese niño escogió nacer? ¿Escogió
sus padres? ¿Escogió su sexo, su físico, su manera de
ser? ¿Escogió su capacidad de entender, de conocer, de saber?
¿Escogió él su familia, su historia, el abandono de su
padre, de su madre? ¡No!, no escogió nada. Todo se lo impusieron.
El adolescente se convierte en un joven adulto y comienza a preguntarse el
sentido de su vida y el mundo le dice: ” ¡Soy yo!, mira: se violento
contigo mismo y con los demás, abusa del sexo, drógate, fuma,
refúgiate en la televisión, en los artistas, en las modas, en
las máquinas de nintendo, o en el Internet; refúgiate en la
violencia, mata, roba, miente, acaba contigo mismo, entregándote al
alcohol”. Pero el alma responde: “¡No! El sentido de tu
vida y quien te va a ser realmente feliz es Dios.”
Más este joven no conoce bien a Dios. Quizá ha oído de
pequeño –si bien le va- hablar de Jesús...pero ¡hace
tanto tiempo! Y dice: ¿Quién es Dios? ¿Acaso existe?
¿Qué tiene que ver El en mi vida? ¿Por qué experimento
este vacío en mi alma? ¿Por qué tanto dolor?
Hoy querido lector, vas a saber, qué relación tiene tu dolor,
tu tristeza que te ha dañado tanto, con ese Dios que es el amor verdadero.
Mira: Dios te ha llevado desde toda la eternidad en su pensamiento, en su
corazón, en sus entrañas. Tú eres una criatura, obra
de sus manos, su hijo queridísimo al que ha llenado de su amor y ha
permitido que nazcas para que los demás sepan por tu medio, que Dios
es amor. A ti, físicamente te engendraron tus padres, pero espiritualmente
te engendró Dios. Tu naciste porque Dios quería que nacieras
porque El te ama infinitamente, porque El es tu Padre y ¡nada más!
Pon mucha atención: Dios nuestro Padre, al hacer la creación,
hizo leyes y esas leyes, las respeta por ejemplo: respeta el ritmo cósmico,
el ritmo de la naturaleza, el ritmo de nuestra psicología, de la física,
de la libertad humana, todo lo respeta.
El podría evitar la erupción de un volcán, un incendio,
un terremoto, un tornado, inundaciones, pero lo permite porque El respeta.
El podría evitar que algo chocara con la tierra pero si lo permite,
quizá suceda. El podría evitar un aborto, el sida, una separación,
un divorcio, que alguien mate o calumnie y aunque no esté de acuerdo
porque sabe que todo esto nos daña y a pesar de que El quede más
triste que nosotros, lo permite porque respeta la libertad del ser humano.
El pudiera evitar una palabra que nos hiere, o esa palabra con la que herimos,
un mal trato, una enfermedad incurable, un abuso sexual, la ancianidad, la
soledad, la muerte, el hambre, las guerras pero lo permite porque respeta
y repetimos: si lo permite no es que lo quiera, es que respeta sus leyes.
Dios el padre, nunca ha querido el mal para ti, ¿Lo comprendes ahora?.
LA MENTE
Dios te ama infinitamente y quiere que te salves, que te liberes de tanto
mal que vienes cargando sin poder más y que muy posiblemente viene
de la manera de pensar negativa, de la programación agresiva y derrotista
que otros y tu mismo han depositado en tu mente y que te hace ser una persona
amargada, triste e infeliz. La Palabra del Señor en proverbios 4, 23
te dice hoy a ti que lees: “Cuida tu mente más que nada en el
mundo, porque ella es fuente de vida!
La mente del ser humano es uno de los más grandes tesoros que Dios
nos ha regalado, y dependerá de cómo la quieras educar, pues
el mismo libro de Proverbios 14,33 dice que la sabiduría habita en
mentes que razonan y en el capítulo 27,19 dice que así como
las caras se reflejan en el agua, así también los hombres se
reflejan en su mente.
Nuestra mente la podemos convertir en bendición o maldición,
en cielo o infierno, en orden o desorden (caos), en vida o muerte, en salud
o enfermedad, pues como dirá un refrán: “Todo depende
del color con que se mire el cristal”. Hoy podríamos reflexionar
que quizá en lugar de haberte ayudado a vivir más feliz tu mente,
(es decir sin sufrir tanto), has permitido que la negatividad de otros y tus
pensamientos derrotistas y fúnebres te hayan destruido por mucho tiempo,
y continúes destruyéndote hasta ahora. Tal vez llevas años
y años recordando tu pasado, tus heridas, el rechazo que te haces a
ti mismo porque te odias, no te aceptas, no te gustas, no te amas, rechazas
muchas veces hasta tu nombre, y todo porque los demás alguna vez te
han dicho: “Qué gordo eres”. “Mira que chaparrita
estás”. “Eres un burro bueno para nada”. “Mira
qué prieto estás”. “Qué nombre más
chistoso, más feo”. “Eres un enojón, una gritona”
etc... “Tú no vas a cambiar nunca” “Eres un caso
perdido” etc, y con todas estas y otras etiquetas salimos más
marcados que todos los artículos que compramos en una tienda y vivimos
angustiados, llenos de tristeza, frustración y miedo, ahogados en resentimiento
en contra de nosotros mismos, en contra de quienes nos rodean e inconscientemente
en contra del Señor Dios por todo lo que ha permitido y permite en
nuestra vida.
Y con todo esto encima, no vives el presente porque vives, o mejor, porque
re-vives el pasado e imaginas el futuro, cosas que no existen y esto te daña
más, pues vives culpando y culpándote, vives preocupado porque
cada minuto te genera más angustia por el qué pasará
mañana, sin darte cuenta que ni tu ni nadie estamos seguros de llegar
a la noche y no hacemos caso de lo que el Señor Jesús nos enseña
en el Evangelio: “Bástale al día de hoy con sus propias
preocupaciones”. Tienes miedo a la vida y te preguntas: ¿Para
qué vivir? ¿Para qué orar? ¿Cómo calmar
mi ser tan dividido, disperso, con ansiedad que parece que estoy como despedazado?
¿Cómo liberarme de mis complejos, de todo lo que me hace daño?
¿Cómo liberarme del egoísmo que no me deja amar? ¡Y
cuánta gente al borde del suicidio, de la locura!
Pero…. ¡Despierta!, llegó la hora de entregar a ese Dios
amorosísimo, a tu Padre verdadero, tanta agitación, tanta angustia,
complejos, miedo, odio, vacío, no fe; llegó la hora de liberarte
de esa depresión, de tanto egoísmo; llegó la hora de
dejar de ser enemigo de ti mismo, de ti misma.
Quizá te preguntes: ¿Y cómo se puede lograr esto?. Escucha
bien: Es aceptando el dolor como Jesucristo, en fe adulta que se apoya en
la fidelidad de Dios, como comenzará tu liberación. Es viviendo
el “hoy”, el aquí y el ahora.
Es viviendo tu instante como se vive el presente. No te canses arrastrando
“cadáveres”, es decir, no te canses arrastrando pensamientos
de lo que sucedió ayer o hace años ni por lo que está
por suceder. No te canses con pensamientos negativos. ¡No! La mayoría
de los seres humanos nos dedicamos a arrastrar cadáveres en la vida;
a lo mejor esto te sucedió hace 15 ó 20 años, hace 3
ó 7 años y todavía está taladrándote en
la cabeza y lo único que logras es ponerte de genio como una fiera
o gritas o lloras o te quieres morir. ¡¡¡DESPIERTA!!! Y
no te maltrates interiormente más, ni te canses por lo que has luchado
en tu depresión, o por lo que has sufrido desde el momento en que alguien
te rechazó, te etiquetó por ver errores en ti.
Etiquetar a alguien es lo siguiente: Miras a una persona y piensas que esa
persona es perfecta, pero el día en que esa persona se disgusta o grita,
le dices o dices de ella: “Es una enojona un enojón”. “Eres
un gritón inmaduro”, cuando habías de comprender que es
un ser humano frágil como tú que también ha sufrido y
que no tienes derecho a sellarle, no tienes derecho a ponerle una etiqueta
como si fuera un frasco de mermelada, sino habrías de comenzar por
contemplar en la fe, la grandeza de Dios en ella, en él, ¡¡¡DESPIERTA!!!,
y no te canses por lo que has sufrido desde que te dijeron alguna palabra
o frase hiriente, en fin, no te canses por lo que tú sabes que llevas
dentro.
En toda la tierra no hay ningún ser humano que no lleve heridas en
su subconsciente y en la medida en que asumas y comprendas esta verdad, comenzarás
a ser misericordioso contigo mismo, y con los demás, pues sabrás
que si no reaccionas precisamente de la mejor manera es por algo que aún
sangra en tu subconsciente pero que tienes la posibilidad y el poder –desde
la fe- de crecer espiritualmente, mentalmente hasta reaccionar poco a poco
con madurez, con elegancia espiritual con libertad en el amor de Dios, y que
si los demás gritan sin ton ni son, es porque también sufren,
como tú, y que no saben lo que tú estás conociendo ahora.
Ahora mismo, desde la fe, comienza a memorizar esta oración que ha
salido del corazón de alguien que como tú pasó por momentos
de luchas, de depresión, de prueba:
“Yo no se nada Padre mío, solamente se
que me amas, entonces quedo en silencio (en mi mente) y has de mi lo que quieras
porque tu me amas, porque tu eres mi Padre”
...repítela durante todo el día y a través de los días, irás experimentándote más aliviado, aliviada...la paz, comenzará a inundar tu alma.
EL PERDÓN SANA
Si odias, sufres y te quemas por dentro, y la persona o personas que odias
andan feliz por la vida y tú, amargado, amargada, destruido, destruida.
¡¡¡DESPIERTA!!!. Y si murió aquél ser amado
y vives echando la culpa a otros o remordiéndote la conciencia por
lo que no se hizo o tu pudiste haber hecho... ¿Sabes?, hacer esto,
es como querer tomar el lugar de Dios, pues como hayan sucedido las cosas,
el Padre las permitió y El de todo sacará solamente bien y sólo
bien. ¡Qué sabemos nosotros del otro lado de las cosas! En una
ocasión, visitando a personas invidente, ciegas, escuchamos el testimonio
de un joven que cuando gozaba de la vista, era la persona más infeliz,
además de que dependía de la droga; se puede decir que estaba
“ciego” aunque físicamente veía. Después
tuvo de repente, un accidente de carretera y quedó completamente, ciego,
para toda su vida. De momento, impresionado, se rebeló, se desesperó,
pero poco a poco se fue abriendo a la gracia y Dios lo llenó de tanta
luz, de la experiencia de Jesús vivo, que este joven escribió
un poema en el que dice:
“Qué ciego viví, viendo, perdido en la oscuridad de mi
superficie. ¡Cuántas gracias te doy Dios mío, pues ahora
ciego, VEO, vivo mi profundidad!. Ahora, vivo en tu paz.”
Cuántas mujeres hoy en día, abandonadas por sus esposos pero
que encontrando al Señor allá en lo más profundo de su
depresión, se abren a al Amor Verdadero y Él las realiza más
que todos los maridos del mundo. Cuántos jóvenes drogadictos
o alcohólicos que en medio de la negrura de la noche, gritan al Señor
sinceramente y el Señor en su infinito amor les sacia el ser entero
más que todos los estupefacientes o drogas, más que todos los
amantes que puedan existir.
Cuántas personas sintiéndose “buenesitas” ante una
buena caída, se dan cuenta que sin Dios, no pueden nada y gracias a
la gracia divina llega a la conversión. Ante lo que sucede, no nos
queda más que cerrar la boca, pues somos tan superficiales, mundanos
e ignorantes. ¡No sabemos nada!. Así que habrás de poner
en acción tu fe y decirle al Padre Dios:
“En tu sabiduría, has permitido que esto sea así, y aunque
no le quepa a mi mundano entendimiento y todo lo vea injusto, cierro la boca
y me hecho en tus brazos, pues se, en la fe, que así está bien,
y aunque sienta el alma traspasada de dolor, me entrego en tus manos. Sólo
te pido que me des tu amor y tu gracia.”
Tenemos que ir sanando tanta herida, tanto dolor, pues con todo esto encima
es imposible ser feliz, amar, disfrutar de la vida, perdonar. En el Evangelio
de Lucas, Jesús el Señor nos enseña a no resistir al
mal, y el apóstol Pablo nos lo repite: “Vence al mal con el bien”.
Si tú querido lector, en lugar de echarte a morir, en lugar de desesperarte,
en lugar de sumirte en la depresión, en la tristeza, desde tu deseo
de vengarte, desde tu dolor, desde esa antipatía, desde ese rechazarte
tu mismo, tu misma, comienza a alabar al Padre y a darle gracias por todo
lo que está permitiendo en tu vida y di:
“Gracias Padre. Te alabo y te bendigo porque tú si sabes lo que
haces. Yo no se nada, sólo se que me amas y quedo en silencio en mi
mente y aunque me cueste decirlo, has de mi lo que quieras, porque se que
tú me amas, porque se que tú eres mi Padre”
....y la paz, nuevamente inundará tu alma.
Jesús el Señor, aprende de sus padres a vivir esta misma actitud.
Así lo vemos en el evangelio de Mateo 26,36-46 la noche antes de su
pasión. “Entonces llegó Jesús con sus discípulos
a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos:
Siéntense aquí, mientras yo voy a orar. Y tomando a Pedro, y
a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse
en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste,
hasta la muerte; quédense aquí, y velen conmigo. Yendo un poco
adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío,
si es posible, pase de mí esta copa (este dolor) pero no sea como yo
quiero, sino como quieras tú”.
A Jesús
el Señor lo vemos solidario con nosotros los seres humanos, con aquellos
que sufren y así nos hace saber que siendo Dios, se hizo hombre, y
para que no nos desesperásemos, para que no nos sintiéramos
solos en el dolor, quiso nacer, crecer, trabajar y morir como tú y
como cada uno de nosotros.
El sintió el frío, el calor, el hambre, la sed, el no tener
dónde reclinar su cabeza, la ingratitud de sus amigos, el cansancio,
la tristeza que produce la separación de un amigo como lo fue Lázaro
o un ser querido como lo fue su padre aquí en la tierra, José.
También experimentó decepción y miseria de sentirse ser
un ser humano y en esa noche en el huerto de Getsemaní, tocó
lo más hondo de la angustia, de la amargura y dice: “Siento tristeza
de muerte”. ¡Sintió tristeza de muerte al llevar sobre
sí los pecados –el egoísmo- de todos los hombres de todos
los tiempos.
¿Sabes? Jesús venció todo esto, no resistiendo sino aceptando,
pues sabemos que el Padre no le quita el hecho de que lo crucifiquen, y así
lo vemos como dijimos antes – pero lo repetimos para que lo grabes en
lo profundo de tu ser- postrado con su rostro en la tierra diciendo:”Padre
mío, aparta de mi este momento duro, difícil, pero que no se
haga lo que yo quiero y sí lo que quieras tu”, y así toda
la noche y se levanta, ¿Cómo explicarte?, resplandeciente, confortado,
con una fortaleza invencible y sobre todo con una grandísima confianza
en su Padre, a tal grado que podemos decir que la pasión la vive “descansando”
en los brazos de su Padre y así lo vemos mudo frente a tanta rabia
que había a su alrededor y contra El, ante aquél que lo abofetea
o escupe o traspasa su piel con una corona de espinas y unos clavos.
Y ya en la cruz dice:
“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”
¿Y crees que Jesús experimentó “bonito” ante
el hecho de que lo llevaran hasta ahí?. A este hecho de amar hasta
el extremo de dar la vida y sin sentir ninguna satisfacción, se le
llama: amor oblativo, es decir que no se ama desde el sentimiento sino que:
“Porque amo al Padre por eso les perdono y olvido” –dice
Jesús-, pero tu y yo, ¿Qué decimos? “Me las hizo
y me la paga” o también vivimos esto: “Perdono pero no
olvido”.
Jesús también dice olvidándose de sí mismo y pensando
en el ladrón arrepentido: “Esta misma noche entrarás conmigo
en el paraíso”. Y Jesús también es acrisolado en
la fe, para que tú y yo no desfallezcamos y dice: “Dios mío,
Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?, pero Jesús
nos enseña que cuando parece que Dios nos ha abandonado, levantemos
el escudo de la fe y digamos como Él:
”Padre, en tus manos encomiendo mi vida”. Así fue de grande su confianza en el Padre.
¿QUÉ ES ABANDONARSE?
Abandonarse en fe, es la única salida de liberación para no
desesperarnos, y vivir una vida feliz, en Dios. ¡Sí!, la manera
de liberarse de todas las agresiones, desgarraduras tan terribles que se clavan
en nuestro corazón ¡pobre corazón!, será abandonarse
en los brazos amorosos de Dios, entonces sí que desaparecerá
tanta cosa y nuestro ser entero vivirá más descansado y reconciliado
y contento y entonces tu corazón será una fuente de paz para
todos aquellos que el Señor pone en tu camino. Pero ante esta sabiduría
de abandonarnos en las manos del Padre, mucha gente prefiere seguir llorando,
angustiándose, desesperándose escogiendo hundirse en la depresión,
por cosas que hoy son y mañana ya no son o por cosas que son así
y que no podemos hacer nada para cambiarlas.
Jesús el Señor nos enseña a ser sabios, renunciando al
reino de la locura para entrar en su reino de sabiduría y paz. ¡¡BASTA
DE SUFRIR!! .El agua con que te bañaste hoy, ya se fue y nunca volverá,
entonces en el tiempo que tienes de vida, trata de ser feliz y hacer felices
a los que te rodean. Mucha gente trata de encontrar la respuesta al para qué
se está en este mundo y la única respuesta es y será:
Tu misión y el sentido de que estés en esta tierra es el amor.
El amor es la misión, la vocación, el llamado más importante
que Dios te ha regalado. Y ¿Amar a quién? Amar a ti mismo, a
ti misma así como eres; a cada ser humano así como es, y a Dios
con todo el ser, con todo el corazón, con toda la mente.
Te repetimos, es locura sufrir por cosas que hoy son y mañana ya no
son. Es locura no perdonarse y no perdonar. Es locura odiar, así que
cuando te sorprendas a ti mismo reviviendo lo que te sucedió ayer o
hace una semana, hace un mes, hace 10 años, 30 ó 60 años,
¡despierta!, pues todo eso ya no tiene ningún valor, todo eso
ya no existe más que en tu programación mental negativa. Mucha
gente, al escuchar la frase “Abandónate en Dios” piensa
que quiere decir: “¡Resígnate!” en el sentido de
decir: “pues ¡Ni modo!, ¡Aguántate” y así,
la persona se experimenta con más angustia, como si una roca la aplastara
y Dios en una nube castigando, pero ya hemos visto que el Padre respeta sus
leyes, que el Padre, nos ama con locura.
Necesitamos un corazón reconciliado, gozoso, no agarrado a lo que sucedió,
libre, contento y esta será la manera de cómo podremos amar
que quiere decir: ser hijos de Dios que seguimos a Jesús y que irradiamos
su luz, su perdón, su paz, su positividad, su amor, aunque veces cayendo
por la fragilidad pero por sobre todo siempre levantándonos una y mil
veces con su gracia y con la seguridad de que Dios, ¡Nos ama con locura!.
Vives triste porque “te sientes” fracasado pero ¿sabes?,
el fracaso no existe más que en tu mente y comienzas a resistir y si
más resistes más te aprieta y así comienzas a experimentar
la angustia y angustia significa angosto, apretado, pero ¡despierta!,
pues eres tú el único loco, loca que se avergüenza y resiste
lo que está pasando o pasó y así te entristeces por ese
hecho de la vida que no resultó como tú pensabas. Los disgustos,
eso que nos parece un fantasma o un mar de tempestad sólo existen en
la mente y la mente la convertimos en un instrumento negativo que nos hace
sufrir, tanto como el que se da de golpes en la cabeza contra la pared de
lo que ya sucedió y aunque derrame lágrimas como para llenar
un río, aquello ya sucedió, aquello no cambiará jamás
y un hecho que no cambiará jamás, tú y yo estar dándonos
contra la pared de lo que no se puede cambiar, respóndete: ¿Dónde
están los locos?...¡Basta de sufrir!.
¿Sabes?, aquí en la tierra, nunca vamos a ser plenamente felices,
pero sí podemos ser felices es decir, sí podemos “sufrir
menos” y sufriremos menos cuando vayamos sacando las espinas y motivos
de tristeza y de miedo y entonces experimentaremos el reino de Dios en el
corazón: su paz, su alegría, su fortaleza, su amor, su libertad.
Así que aprovecha tu peregrinar por esta vida, tomando amorosamente
la cruz que te tocó y acompaña a Jesucristo a rescatar el mundo
y completar con tus propios sufrimientos, lo que falta en ti a la pasión
de Jesús. Claro que a la pasión de Jesús no le falta
nada, pero falta que tú y yo, la vivamos y la vivamos con alegría,
con valentía, llenos de luz y con mucho amor.
Entonces, a la luz de la fe, tu sufrimiento ofrecido y unido al de Jesús,
tiene un valor eterno; tú no vas a ver qué beneficio trae a
los que están en guerra, o a una madre que aborta, a unos homosexuales
o lesbianas, a los matrimonios a punto de separarse por no querer sanar su
subconsciente herido, a niños y jóvenes que viven en la calle,
a los enfermos en los hospitales y que mueren sin fe etc. Tu sufrimiento aceptado,
Jesús lo toma como una rosa preciosa y derrama su perfume de gracia
en otras almas que sufren y que tú no ves y las convierte en paz, protección,
vida, salud, fe, pero hay que aceptar con paz, y esto vale más que
construir edificios o gobernar ciudades o tener veinte hijos o ser el hombre
más rico de la tierra.
Ahora dinos: ¡Cómo no experimentar alegría!...cómo
no entender el grito del apóstol Pablo cuando dice: “estoy nadando
de felicidad en mis propios sufrimientos”. Esto, a nosotros tan superficiales
y heridos nos parece una expresión salvaje e incomprensible, pero Pablo
estaba convencido de que con sus tantas aflicciones, con las que acompañó
a Jesús doliente, colaboraba en el rescate del mundo, más que
con sus viajes apostólicos.
Así que Jesús hoy te dice: “Ya no estés rumiando
tu fracaso ni entregado a la autocompasión que eso es inmadurez e infelicidad,
¡despierta! Que eso es muerte, depresión: “Mírame
a mi y olvídate de lo que sientes, olvídate de ti, pues piedras
en el camino, jamás te faltarán”, así es esta vida
terrena y caduca.
Hoy, aquí y ahora, ha llegado la hora de que dobles las “rodillas”
es decir, llegó la hora de rendirte incondicionalmente al Padre, tu
Padre Dios y reclinar la cabeza en su pecho amoroso y dejar tu vida en sus
manos y decir simplemente:
“Padre: todo está bien, y por todo lo que has permitido en mi
vida, estoy de acuerdo, sí Padre, está bien, ¡Hágase
tu voluntad!, y en la fe, aunque no sienta grandes fervores, aunque me sienta
como espinado, espinada, acepto y me acepto contento de ser como soy. ¡Hágase!
Y mi mente te la doy y entonces quedo en silencio y paz. Amén”.
CÓMO ALCANZAR LA PAZ
La paz, es don, regalo de Dios, pero conquista también, así
que ahora vas a la conquista de esa paz, pero ¿Cómo? Ten lista
una libreta junto a ti pues en el Nombre de Jesús tu Señor –que
te ama sin condiciones, así como eres, -, vas a meterte en el misterio
doloroso de tu vida y sacarás una por una, tanta herida que te duele
y te martiriza y te hace caer en depresión, en tristeza de muerte.
Vas a recordar tus heridas, no para abrirlas más, sino para ir sanando
una por una hasta que ya no te duela más.
Así que en actitud orante, desde esa fe preciosa, vas a comenzar a
escribirle a Dios como si fuera una carta que le envías. Puedes ponerle
al inicio: “Dios” o “Padre” o “Jesús”
o como tú te dirijas a El, y comenzarás a entregarle una a una
tanta cosa que te atormenta y no te deja ser libre por ejemplo así:
“Padre: en tus manos pongo esto...que pasó así...y esto
otro...en tal fecha...y mira Padre, sentí terrible esto otro..y lo
dejo en tu corazón para que tú lo transformes todo en amor,
en luz, en paz, en perdón, en fidelidad, en aceptación y me
entrego a ti, hazme para ti ¡Dios mío!. Gracias por lo que estás
haciendo en mi vida. Gracias Padre.”
Y todo lo que vayas escribiendo, cuando termines, vuélvelo a leer.
Luego lo quemarás como ofrenda agradable al Señor y en la fe
adulta que se apoya sólo en la fidelidad del Padre, le entregarás
tu ser entero y entonces te experimentarás más libre en Dios
y feliz de saberte infinitamente amado y aceptado por el Padre. Escribe a
ser posible, nombres de personas que te hayan herido o que tú hayas
herido, fechas, lugares, y que todo, todo quede purificado por el amor del
Señor y tu mente comience a experimentar junto con tu ser entero, la
gloriosa libertad de los hijos de Dios. No dejes que quede nada, y sánate,
sánate por completo.
Podría suceder que cuando traigas a tu mente lo que tanto te daña,
te de miedo, o angustia, pero recuerda que no estás sólo, JESÚS
ESTA CONTIGO y es con Jesús, de su mano y desde su corazón,
que vas a ir mostrándole lo que te duele para que El que sí
puede lo transforme todo en bendición, en amor verdadero.
Terapia del abandono
1.- Ten lista tu libreta y tu pluma. Ponte en posición orante, bien
sentado, sentada. Cierra tus ojos en paz y respira suave y lento. Ve soltando
todo lo que esté tenso de tu cuerpo, desde la punta de tu cabeza hasta
la punta del dedo gordo de tus pies. Al mismo tiempo en tu interior comienza
a decirle al Padre Celestial:
Padre: en este momento te suplico que me envíes tu Espíritu
Santo. Sin Él nada puedo. Manda tu Espíritu Santo. (Y tú,
allá en tu interior dile): “Oh Espíritu de amor, sumérgeme
en Dios, sumérgeme en ti”. (Díselo varias veces lentamente
y con mucha paz). Cuando creas que es conveniente y que ya hayas soltado todas
tus tensiones, ábrete al amor infinito del Señor Dios y dile:
“Padre, no sé como fui engendrado, engendrada; si fui fruto de
verdadero amor o de una pasión, pero como haya sido, hoy, necesito
y quiero nacer de nuevo para Tí, así que como si fuera este
el momento en que fui engendrado, en la fe, quiero ver cómo tu llenas
de tu amor, de tu pureza, de tu luz, de tu plenitud ¡Dios mío!,
este momento”.
Quédate quieto, quieta, dejándote amar por tu Señor y
Dios, y en la fe, observa cómo el amor del Padre Celestial, te pone
en el vientre materno con todo su amor. Mira cómo sana algún
trauma o herida que tengas, porque hayas sido no deseado, deseada. Mira a
Dios tu Padre, llenando con su amor este momento. Después de unos momentos
di en tu corazón:
“Gracias Padre, porque tú me estás engendrando con tu
Espíritu Divino. Hoy, aquí y ahora, necesito, acepto nacer espiritualmente
para ti. Por Jesús, mi Salvador, y tu Hijo Amado, te pido la gracia
de crecer como verdadero hijo tuyo, para ti y para amar a los demás
como tú me amas a mi. ¡Gracias Padre!”.
Trae a tu mente a tus padres. Si ellos ya murieron, trae su recuerdo santo
y pídeles perdón por no comprenderlos pues tu madre y tu padre,
también han recibido o recibieron heridas y terribles, pero que callaron
en su corazón y tal vez lo manifestaron en su manera de ser contigo,
quizá fueron muy duros, pero en el nombre del Señor Jesús,
acepta que esos momento en los que te hirieron, no fue por maldad, por duro
que te parezca, sino una manera de no volverse locos.
Tus padres son o fueron seres limitados y con heridas como tú, por
eso, en la fe, míralos frente a ti y diles a cada uno: “Te perdono
papá” y dale un abrazo.....”Te perdono mamá”
y dale un abrazo. Mírate abrazándolos en Dios y mira tu corazón
y el de ellos, lleno de amor y en tu corazón dile al Señor:
“Dios mío: desde hoy quiero comprender y aceptar a mis padres.
Desde hoy no querré que sean como yo he soñado que sean, como
yo quiero que sean. Sencillamente quiero hacer lo que tú haces con
ellos: amarlos intensamente respetando su manera de ser, su vida, su historia,
comprendiéndoles, ¡Señor”. Sí Padre, los
acepto, los amo. Amén.”
En este momento escribe aceptando en el nombre del Señor Jesús,
el hecho de que existes, de que tienes vida...platícale al Padre Dios
todo lo que ha ocurrido con tu papá con tu mamá. Incluso escribiendo,
pídeles perdón o diles que los perdonas.
2.- Ahora, reconcíliate con tu historia, con todo lo que te ha pasado
y que te ha marcado negativamente desde que comenzaste a tener uso de razón
hasta la edad que tienes. Escríbele a tu Padre Dios y entrégale
quizá el momento en que alguien te tocó, te violó, te
golpeó, te gritó, te humilló etc, y pon los nombres de
aquellas personas y si recuerdas la fecha y el lugar ponlo también.
Mira cada herida desde el corazón de Jesús y mira como El llena
y sana tu subconsciente herido, mira cómo sana tu corazón con
su amor. Escribe todo como sucedió y dile:
“Sí Padre, por este momento de dolor, está bien, me abandono
a ti, lo acepto. Gracias”.
3.- Ahora vas a reconciliarte con tu poca o mucha inteligencia y quizá
también por la poca oportunidad que tuviste de ir a la escuela etc.
¿Sabes? Mucha gente vive frustrada porque nunca pudo sacarse “10”
o “excelente” o “primeros lugares” o tener éxito
en sus negocios. ¿Pero qué es lo que sucede realmente?: una
persona se “frustra” cuando no alcanza lo que otros alcanzan y
tú sientes fracaso cuando quieres ser como otros más inteligentes
que tú o que simplemente tuvieron las oportunidades que tú no
tuviste, pero hablando en verdad, ¿Quién escogió de niño
su inteligencia?, ¿Quién escogió las oportunidades de
poder estudiar y así ejercitar la mente?. No escogimos nada.
Así que en la fe adulta, esa que se apoya en la fidelidad de Dios,
con tus ser enteramente abierto al Señor, dile:
“Padre: en
tu sabiduría permitiste que yo sea así, gracias porque me has
creado para ti. Te entrego las veces que (fulanito) me despreció por
“burro”. Gracias porque con mi inteligencia (poca o mucha) puedo
alabarte y eso, es lo más grande en este mundo. “
En este momento entrégale al Señor lo que has sufrido porque
en tu depresión, quizá no terminaste la escuela o no tuviste
oportunidad, o lo que tú sabes que te pesa y no te deja ser feliz.
4.- Ahora, reconcíliate con tu físico. No te gusta tu físico:
tus ojos, tu nariz, tu boca, tu cabello, tus manos, tu tronco, tus piernas,
tu color, tu estatura, tu ser delgado o gordo, tu voz etc, pero ¿Qué
pasaría si fueras de otra manera o te faltara algo?. ¿Acaso
pediste lo que tienes o lo que no tienes? No. El Padre permitió que
por herencia o por accidente seas así. Dile en la fe adulta: “Padre:
en tu amor acepto mi físico, parte por parte. Así me amas y
soy la criatura más hermosa para ti, tú no me rechazas. ¡Lo
se!, y si los demás no me aceptan así, desde hoy, cada día,
cada mañana que me mire al espejo para arreglarme, quiero y necesito
amarme con todo lo que tengo o no tengo, porque soy hijo de tu amor. Sí
Padre, todo está bien. ¡Gracias por amarme!”.
Escribe en tu libreta, entregándole parte por parte de tu cuerpo al
Padre Dios, es más, trata de “sentir” cariño, misericordia
por esas partes de tu cuerpo que rechazas. Tu cuerpo, es parte de ti y si
tú quieres, puede convertirse en un instrumento para alabar y bendecir
al Señor en todo lo que puedas hacer o no puedas hacer.
5.- Acepta con paz y sabiduría tu manera de ser. En la vida, has vivido
con un modo de ser que no escogiste: quizá eres enojón, sensible,
introvertido, miedoso, explosivo, envidioso, soberbio, orgulloso, todo te
da vergüenza, eres presumido, quisieras ser puro y eres muy sensual;
quieres siempre imponer tu modo de pensar a los demás, eres egoísta,
quisieras poseer todo el dinero, eso que llamamos avaricia y la lista, no
terminaría. Tú sabes cómo eres.
Pero...¿Quién escogió su manera de ser?. Acepta con paz
el hecho de querer agradar a todos y no poder. Si los demás no te aceptan
como eres, no es problema tuyo, es de ellos y si no aceptas a los demás
como son, el problema no es de ellos sino tuyo. Ahora mismo reconcíliate
con tu modo de ser y di en tu corazón:
“Padre, nuevamente en tu amor y por ti, acepto todo esto de mi forma
de ser que no me gusta y que muchas veces me ha echado a “perder”
la vida....ha hecho que rompa con lo que tenía de bienestar...amigos..trabajo...sobre
todo me ha dejado muy triste conmigo mismo. Con mi forma de ser a veces indomable,
he herido a quienes me rodean, a mis hijos, a mis padres, al chofer del camión,
al que va en la calle, al de la tienda y lo que es peor, me he herido a mi
mismo, a mi misma. Se que con tu ayuda, podré dejar que tú transformes
todo lo negativo de mi en bondad, en dulzura, en amor, en paciencia, paz,
en pureza y limpieza mental. Sí Padre. Hágase en mi como tú
lo permitiste. Quiero y necesito ser como Jesús tu Hijo Amado. Quiero
paz, quiero estar bien contigo, conmigo y con los demás”.
Escribe a tu Padre lo que no aceptas de tu forma de ser, eso que la psicología
llama personeidad (forma de ser) y comienza a aceptarte así como eres,
pues de ahí comenzará con la gracia del Señor, tu transformación,
tu cambio, tu libertad interior.
6.- Acepta con paz, lo que no puedes evitar. Tal vez en tu vida, hubieras
querido gozar de buena salud, pero resulta que desde niño has estado
enfermo, y quizá hoy estás peor que nunca a pesar de estar gastando
en médicos y medicina, pero si tú resistes el hecho de no mejorar,
lo único que vas a conseguir es angustiarte, desesperarte y posiblemente
caerás en una negra depresión.
¿Sabes? El problema tuyo no es la enfermedad, sino el que la resistes,
no quieres tu realidad, pero desde el momento en que aceptaras la enfermedad,
dejaría de ser una enemiga tuya y se convertiría en “hermana
enfermedad”, en “compañera de viaje” y en la fe,
la “aprovecharías”, la “ofrecerías unido,
unida a Jesús en su pasión”, y harías lo que hizo
Francisco de Asís: convertir las “piedras del camino...lo que
molesta...” en “hermano”.
Lo mismo puedes hacer con la hermana ancianidad: si eres joven y Dios el Señor
permite que llegues a viejo, acepta con paz ese hecho y piensa que tal vez
te angustias sin razón al pensar que no quieres arrugas, que no quieres
canas, que no quieres ir a parar en un asilo..a la calle, pero toda esta locura
de pensamientos está en tu mente, ahogando tu momento presente, además
de que tal vez nunca pase, pues ¿Quién está seguro de
llegar a la noche?
Además ¡Qué más da tener arrugas o canas o ser
un aparente inútil! Tu vida está consagrada a Dios desde siempre.
Él te ha consagrado para Él desde toda la eternidad. Con canas
o sin canas, inútil o no, eres de El. En tu alma, en tu ser interior
puedes permanecer joven siempre y adorar con todo el corazón al Señor
Dios y vivir lleno de la sabiduría y de la experiencia de su Amor que
puedes compartir con aquellas personitas que apenas comienzan a vivir.
Has lo mismo con la ley de la soledad, con la ley de la muerte. La muerte
nos duele porque nos aferramos a vivir en esta tierra olvidando que somos
peregrinos, que aquí estamos de paso y que nuestro destino es la vida
eterna. Dios es la Vida Eterna, así que la muerte para ti, será
la entrada triunfal de la vida que acaba, a la eterna; la entrada a vivir
en el cielo que es el Padre mismo y la llamarás la “hermana muerte”.
Con esa fe adulta que confía siempre en el Señor, dile en tu
corazón:
“Padre: toda
mi vida he querido que las cosas no sean así; más se que tú
sí sabes el por qué de todo. Hoy quiero mirar con fe la enfermedad
que unida a tu Hijo Jesús y ofrecida a ti, ayuda a otras personas que
tú sabes que te necesitan. Acepto con paz los años de mi ancianidad
si es que permites que llegue a ello. Me acepto “inútil”
me acepto “sólo”, aunque ahora se que nunca he estado ni
estaré solo porque tú estás conmigo”.
“Señor, quiero aceptar la manera como voy a morir, como sea,
así estará bien. Sólo deseo experimentarme siempre en
tus brazos amorosos y que mis seres queridos, experimenten en sus corazones
la paz y la luz de mi resurrección”.
¡Aleluya! Estoy salvado, salvada por tu Amor. Tú mi Dios eres
eso: ¡AMOR!. Amén.”
Para terminar te decimos que cuando te sorprendas nuevamente molestándote
ante hechos dolorosos o resistiéndolos vuelve una y otra vez a escribirle
al Señor Dios. Es increíble cómo el orar de esta manera,
cómo el entregarle constantemente la vida al Señor va sanado
tu corazón y lo va haciendo más pleno, más libre más
humilde, más sincero.
“Padre, ayúdame siempre a vivir, sólo por ti, Hazme, como
tu quieras que sea yo, y que Señor, todo seas para mi. Que mi amor
por ti, sea mi razón de vivir, que te pueda dar Señor, de mi,
lo mejor. Padre, haz que tu rostro brille en mi ser, entonces mi alma sabrá,
que tu eres mi Dios. Quita, aquello que me aparte de ti, siempre mi gozo se
halle en ti. Padre, enséñame a valorar mis días que son,
cortos Señor. Quiero, siempre vivir mis días por ti, y al tu
venir, preparado estar”.
Haz del Señor tu motivo de despertar cada mañana; tu por quién
vivir, tu por quién luchar. Permanece pues hagas lo que hagas, de día
y de noche en tu corazón en la Presencia amorosa del Señor,
en humildad y fe. El te levantará siempre. Y ¡¡¡
ánimo....mucho ánimo que ¡Dios te ama!
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